El Barça gana a Roma 6 a 1

Hace año y medio que Luis Enrique es el entrenador del Barcelona. Infierno primero, cielo después. No hay valor más preciado en esto del fútbol que el tiempo.

Lo necesitó Johan Cruyff para darle sentido al Dream Team cuando Núñez ya preparaba la horca antes de una final de Copa frente al Madrid en Mestalla; lo imploró Frank Rijkaard mientras Rosell exigía su despido porque consideraba que Pere Gratacós era mejor estratega;y lo aprovechó Pep Guardiola, descuartizado en su amanecer en Numancia, para que el Barcelona fuera uno de los equipos más poéticos nunca vistos.

Se escabulle el orgulloso asturiano del halago, quizá consciente de que su equipo, antes sólo eficaz, ahora también deslumbrante, tomará el pico para volver a descender como todo mortal. Ahora, sólo le queda disfrutar y exprimir el ciclo tanto como pueda.

Mientras tanto, las demostraciones se van sucediendo. El pasado sábado fue el Real Madrid el que quedó para el desguace mientras el Bernabéu, desconcertado, se levantaba en armas contra la planta noble viendo que sobre el césped sólo quedaban cadáveres. Este martes fue la Roma la zarandeada (6-1), siempre condicionada por un miedo atroz a la humillación y sin ánimo alguno de cambiar su suerte.

Ha alcanzado el Barcelona tal poder de intimidación, nacida en un juego imponente, que hasta Piqué tiene siempre tiempo para juguetear como ariete.

Ni siquiera necesitaron los azulgrana que Messi hiciera una carrera de más tras dos meses ausente del Camp Nou para zanjar como primero de grupo su clasificación para octavos de la Liga de Campeones.

Les bastaba un empate, pero se recolocaron el calzón y firmaron una nueva goleada como quien se cepilla los dientes antes de dormir.




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