{"id":451,"date":"2014-04-18T12:10:11","date_gmt":"2014-04-18T12:10:11","guid":{"rendered":"http:\/\/2horizontes.com\/?p=451"},"modified":"2014-04-18T12:10:11","modified_gmt":"2014-04-18T12:10:11","slug":"mirada-infinita-de-gabo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/2horizontes.com\/?p=451","title":{"rendered":"Mirada infinita de Gabo"},"content":{"rendered":"<p><a href=\"http:\/\/2horizontes.com\/wp-content\/uploads\/2014\/04\/ggq11.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignleft size-thumbnail wp-image-452\" alt=\"ggq11\" src=\"http:\/\/2horizontes.com\/wp-content\/uploads\/2014\/04\/ggq11-300x300.jpg\" width=\"150\" height=\"150\" \/><\/a><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Donde estuvo la cuna de Gabriel Garc\u00eda M\u00e1rquez, en Aracataca, ya no hay nada, ni un hueco; si vas solo pasar\u00edas por ese sitio como si el erial hubiera sido un trozo de piedra improductiva desde el principio de los tiempos. De pronto un dedo lo se\u00f1ala:<\/p>\n<p>\u2014Ah\u00ed naci\u00f3 Gabito, ah\u00ed estaba la cuna.<\/p>\n<p>Entonces el hueco alcanza sus fronteras, se hace concreto, un sitio que no existe pero que consigue hacerse un lugar, como si lo estuvieras leyendo en una novela. La leyenda que \u00e9l mismo dibuj\u00f3 se cierne sobre este espacio y ya entonces la imaginaci\u00f3n convoca al telegrafista, a la madre de Gabito, a los abuelos y a los libros, y la casa, que hasta entonces era una nube inscrita en el mapa legendario de la casa del telegrafista donde naci\u00f3 el autor de\u00a0<em>Cien a\u00f1os de soledad,<\/em>\u00a0empieza a tener el aire de sus novelas. La imaginaci\u00f3n y la carne, la realidad y lo contado.<\/p>\n<p>Y todo porque has mirado el hueco y el dedo moreno de la chica que cuida la casa ha aclarado de pronto el pasado de ese sitio seco, cerca de los \u00e1rboles enormes que forman parte del patio y que siguen igual de fantasmales que cuando viv\u00eda aqu\u00ed la familia de Gabo y \u00e9l era un mocoso.<\/p>\n<p>De pronto, en esa geograf\u00eda adusta en la que no hab\u00eda nada, una mujer de pelo largo y gris, casi un fantasma, surge desde lo m\u00e1s hondo de esta casa des\u00e9rtica. Si hubiera habido tormenta ella la hubiera detenido con los ojos, su mirada era infinita e indiferente, como las de las mujeres que retrat\u00f3 Gabriel Garc\u00eda M\u00e1rquez; cuando pas\u00f3 a nuestro lado dej\u00f3 la sensaci\u00f3n de haber sido parte de un hurac\u00e1n \u00edntimo cuyo nombre solo pod\u00eda haber sido inventado por Gabo.<\/p>\n<div id=\"sumario_2|html\"><a name=\"sumario_2\"><\/a>En Aracataca todo se dice en presente, como en\u00a0<em>Cien a\u00f1os de soledad.<\/em>\u00a0El hielo existe, Gabo estuvo anoche, Soledad vive caminando como si estuviera pisando las p\u00e1ginas en las que vuelan los personajes reales de esta historia de ficci\u00f3n que naci\u00f3 (y que vive) en Aracataca<\/p>\n<\/div>\n<p>Entonces preguntamos por ella, por su nombre. Y la muchacha del dedo mir\u00f3 hacia la espalda arrogante de la mujer que se iba y dijo, tan solo:<\/p>\n<p>\u2014Soledad Noches, se llama Soledad Noches.<\/p>\n<p>Era, avanzando, como la noche que se va a ninguna parte; de hecho, no vi que traspasara puerta alguna, era como si se hubiera quedado flotando entre nosotros. Y cuando salimos a la calle polvorienta, camino de la orilla del charco donde una vez hubo (y a\u00fan est\u00e1n) las piedras prehist\u00f3ricas que aparecen en la novela m\u00e1s famosa de Garc\u00eda M\u00e1rquez, vimos a un hombre que se mec\u00eda en una silla de madera fina; se fumaba un puro largo, caribe\u00f1o, y vest\u00eda una camisilla blanca y unos pantalones negros como el carb\u00f3n. La muchacha del dedo dijo:<\/p>\n<p>\u2014Es Nelson Noches, hermano de Soledad. Fue alcalde de Aracataca. Era amigo de Gabo, Gabito para \u00e9l y para el pueblo. Hac\u00eda a\u00f1os que este hijo novelesco del telegrafista de Aracataca no regresaba a su pueblo, pero eso no fue obst\u00e1culo para que Nelson dijera, mirando al infinito, aspirando su puro, meci\u00e9ndose en la silla, bajo el calor y el polvo de la calle de tierra:<\/p>\n<p>\u2014\u00bfGabito? Anoche estuvo aqu\u00ed, jugando a las cartas.<\/p>\n<p>Luego fuimos a ver el hielo, la f\u00e1brica a la que el abuelo de Garc\u00eda M\u00e1rquez llev\u00f3 al nieto para dejar en su memoria una de las met\u00e1foras que de manera m\u00e1s determinante marc\u00f3 su obra. All\u00ed estaba el hueco del hielo. La chica del dedo volvi\u00f3 a se\u00f1alar:<\/p>\n<p>\u2014Y ah\u00ed est\u00e1 el hielo.<\/p>\n<p>En Aracataca todo se dice en presente, como en\u00a0<em>Cien a\u00f1os de soledad<\/em>. El hielo existe, Gabo estuvo anoche, Soledad vive caminando como si estuviera pisando las p\u00e1ginas en las que vuelan los personajes reales de esta historia de ficci\u00f3n que naci\u00f3 (y que vive) en Aracataca.<\/p>\n<p><strong>D\u00edas.<\/strong>\u00a0Hay una fotograf\u00eda en la que Gabriel Garc\u00eda M\u00e1rquez est\u00e1 vestido con el mono azul que durante a\u00f1os fue su atuendo de trabajo. Para la calle, chaqueta de espiguilla, botines; para trabajar, el mono, el hombre descalzo ante la m\u00e1quina de escribir.<\/p>\n<p>En esta ocasi\u00f3n su contertulio es Juan Carlos Onetti, que sostiene un cigarrillo demediado. Est\u00e1n pensativos ambos, a Garc\u00eda M\u00e1rquez se le ve como es, como quedar\u00e1 en la memoria de los que lo tuvieron cerca: un hombre que atiende y pregunta, y su mirada es la de un hombre melanc\u00f3lico que escucha como si estuviera en otro mundo y hubiera sido despertado para ser de este mundo.<\/p>\n<p>En Estocolmo, cuando aquel alboroto del Nobel, lo rodeaban cientos de colombianos que celebraron con \u00e9l, y con flores amarillas enviadas desde Colombia y desde Barcelona, y \u00e9l parec\u00eda feliz con la rumba. Pero hab\u00eda siempre algo en esta mirada que convocaba la melancol\u00eda, y esta es la que se ve en este retrato en el que comparte espacio con Onetti.<\/p>\n<p>Como si se le nublara el d\u00eda o tuviera en su mente una cuesti\u00f3n pendiente, una pesadumbre, Garc\u00eda M\u00e1rquez siempre ten\u00eda ese aire. Est\u00e1, por ejemplo, en el retrato m\u00e1s famoso de los que se le hicieron cuando era un joven periodista y hablaba por tel\u00e9fono quiz\u00e1 desde Barranquilla. Gabo no era una caja de risas, era una caja de preguntas; alrededor re\u00edan, \u00e9l miraba, su mirada siempre fue infinita.<\/p>\n<p>Quien se fije en su mirada, incluso cuando saca la lengua (en un c\u00e9lebre retrato de Indira Restrepo) o cuando aparece en las fotograf\u00edas aplaudiendo a sus amigos (\u00c1lvaro Mutis, Carlos Fuentes\u2026) encontrar\u00e1 en esa mirada de Gabo un aire de pesar que la vida le fue acentuando, hasta que al final, cuando su memoria ya fue m\u00e1s que nada un extrav\u00edo, recuper\u00f3 al muchacho que llevaba dentro y comenz\u00f3 a comportarse como si no tuviera asuntos pendientes, ni un argumento, ni un art\u00edculo, ni una novela, nada, ni siquiera un horizonte incomprensible. Como si la edad (y el tiempo, y lo que este se llev\u00f3 consigo) se hubieran detenido para que no hiciera falta nombrarlos.<\/p>\n<p>Entonces se hizo sol\u00edcito y disponible, iba y ven\u00eda en la casa ofreciendo sus servicios, sonriendo. Parec\u00eda el ni\u00f1o del que habla en sus memorias de la infancia, y ejerc\u00eda de conmovedor anfitri\u00f3n hasta de aquellos que conviv\u00edan con \u00e9l. Por un tel\u00e9fono de grandes n\u00fameros se aprestaba a pedir hielo para los invitados, atend\u00eda a las conversaciones y, cuando ya cre\u00eda haber hilado del todo el asunto que las convocaba, dec\u00eda lo m\u00e1s apropiado, lo que \u00e9l consideraba que era eficaz en el momento al que hab\u00edan llegado los otros conversando.<\/p>\n<div id=\"sumario_1|html\"><a name=\"sumario_1\"><\/a>Quien se fije en su mirada encontrar\u00e1 un aire de pesar que la vida le fue acentuando, hasta que al final, cuando su memoria ya fue m\u00e1s que nada un extrav\u00edo, recuper\u00f3 al muchacho que llevaba dentro y comenz\u00f3 a comportarse como si no tuviera asuntos pendientes<\/p>\n<\/div>\n<p>Sal\u00eda a la calle, a despedirnos, y hablaba, otra vez, con los que vigilaban el tr\u00e1nsito de los garajes. Durante un tiempo la conversaci\u00f3n empezaba as\u00ed: \u201cVen ac\u00e1\u2026\u201d. Ya entonces Gabo dec\u00eda eso con una sonrisa, como si esperara que alrededor los dem\u00e1s le dieran pie para saber de qu\u00e9 iba la vaina, pero ya sus preguntas no eran sobre la pol\u00edtica, o Espa\u00f1a, o los amigos comunes. Se qued\u00f3 sin respuestas, repiti\u00f3 las preguntas, pero se anim\u00f3 su cara, como si regresara a la tierra, acaso al lugar donde cada d\u00eda lo esperaba Nelson.<\/p>\n<p><strong>Noches en Aracataca.<\/strong>\u00a0Una de esas noches Mercedes, su mujer, nos llev\u00f3 con \u00e9l a un bar de ritmos caribe\u00f1os; atend\u00eda como si no hubiera otra cosa que mirar en el mundo. Sus manos, que ya ten\u00edan las manchas de la edad, segu\u00edan el ritmo con los dedos y a veces se echaba hacia atr\u00e1s, como en las fotograf\u00edas en las que se ve c\u00f3mo espera que le pregunten. Con respecto a aquella foto con Onetti, y a tantas que le hicieron, lo que era evidente era que ahora sonre\u00eda como si bailara en los d\u00edas polvorientos de Aracataca. Risa. Era un t\u00edmido de los mil demonios. Una vez, avanzado el tiempo, nos llam\u00f3 por tel\u00e9fono, en Bogot\u00e1. Un amigo suyo muy querido pretendi\u00f3 hacerlo hablar en un acto p\u00fablico: la presentaci\u00f3n de un libro. Lo coloc\u00f3 incluso entre los convocados, su nombre impreso.<\/p>\n<p>Garc\u00eda M\u00e1rquez no pod\u00eda estar m\u00e1s furioso. \u00c9l no hablaba en p\u00fablico, no sabr\u00eda qu\u00e9 decir. Una vez ley\u00f3 un cuento en Madrid, eso fue todo. Y en las conversaciones dejaba que los otros dijeran, \u00e9l introduc\u00eda (como dec\u00eda Borges sobre s\u00ed mismo) \u201cunos sabios silencios\u201d. Su timidez no era impostada, era verdad, una enfermedad probablemente cong\u00e9nita.<\/p>\n<p>Para romper el hielo, en su primera casa de Barcelona, en la calle Caponata, hab\u00eda dispuesto una carcajada pregrabada que se activaba cuando el visitante traspasaba la puerta. Hecha la carcajada, ya hab\u00eda por donde empezar, as\u00ed que la conversaci\u00f3n comenzaba como si \u00e9l y quien hab\u00eda irrumpido llevaran horas hablando.<\/p>\n<p>Cuando lo atac\u00f3 el c\u00e1ncer hizo un viaje a Madrid; atribulado por la qu\u00edmica, dorm\u00eda cada vez que pod\u00eda, dormitaba. Una de esas veces lo acompa\u00f1amos a la sierra de Madrid; iba en el coche, durmiendo, hasta que lleg\u00f3 al lugar, lo esperaban estudiantes de Periodismo, \u00e9l iba a hablarles de\u00a0<em>Noticia de un secuestro,<\/em>\u00a0su reportaje. Como si hubiera roto con el dolor del tiempo, y con la pesadumbre, e incluso con la melancol\u00eda que produce ser el mayor de todos, siendo a\u00fan el mejor de los periodistas, Gabo se sent\u00f3 entre los muchachos y comenz\u00f3 a hablar. Hubiera estado cien a\u00f1os hablando de periodismo, como si el periodismo fuera lo contrario de la soledad.<\/p>\n<p>Una vez, ante una de las ventanas de su agente Carmen Balcells, en Barcelona, lo vi hacer figuras con el pan, pacientemente, sus manos livianas y ya llenas de las manchas de la edad. Esa mirada era tambi\u00e9n la que se ve en las fotos. Por decirle algo le dije que quer\u00eda entrevistarlo otra vez alguna vez, \u201cno me quiero morir sin hacerte una entrevista\u201d. Veloz como era dijo: \u201cPues no te mueras\u201d. A \u00e9l no le gustaban las entrevistas porque le gustaba hacer las preguntas.<\/p>\n<p>La\u00a0<em>Paris Review<\/em>\u00a0envi\u00f3 en 1981 a Peter H. Stone a entrevistarlo, cuando ya hab\u00eda escrito un libro legendario; Stone le pregunt\u00f3 qu\u00e9 estaba haciendo. Le respondi\u00f3: \u201cEstoy absolutamente convencido de que escribir\u00e9 todav\u00eda el mejor libro de mi vida, pero no s\u00e9 cu\u00e1l ser\u00e1 ni cu\u00e1ndo lo escribir\u00e9. Cuando siento algo as\u00ed \u2014y hace un tiempo que lo siento\u2014 me quedo muy quieto para poder atraparlo si llega a pasar junto a m\u00ed\u201d.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>&nbsp; &nbsp; Donde estuvo la cuna de Gabriel Garc\u00eda M\u00e1rquez, en Aracataca, ya no hay nada, ni un hueco; si vas solo pasar\u00edas por ese sitio como si el erial hubiera sido un trozo de piedra improductiva desde el principio de los tiempos. 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