¿Segundas partes nunca fueron buenas?

Una de las películas de Soderbergh sobre Ernesto Guevara parece resultar incómoda en Cuba y no la pasan por televisión.

La televisión cubana nos tiene acostumbrados a esperar segundas, terceras partes o más, en algunos casos, cuando de sagas se trata. Ya sabemos que si en un espacio televisivo se proyecta la primera parte de La Guerra de las Galaxias, detrás vienen las otras cinco. Recientemente se proyectaron todas las partes de Parque Jurásico y acaba de terminar, espero, la saga de Terminator. Por eso, tras la proyección de Che, el argentino, dirigida por Steven Soderbergh y protagonizada por Benicio del Toro, en el espacio “Espectador Crítico”, el sábado 3 de octubre, cabía suponer que el sábado 10 veríamos la segunda parte, Che: Guerrilla. Sobre todo porque justo el día antes se había conmemorado otro aniversario de su muerte en Bolivia. Pero no ocurrió.

Sin embargo, no hay que ponerse demasiado suspicaces por ese hecho, teniendo en cuenta que el Canal Multivisión, tras exhibir las dos primeras partes de El Padrino (las dos que son realmente legendarias) dejó a muchos espectadores con las ganas de ver la tercera. Realmente, no habría nada de extraño en la ausencia de Che: Guerrilla de la pequeña pantalla tras la exhibición de la primera parte si, dos años atrás, no se hubiera proyectado solamente la primera parte en el cine Yara.

¿Se habrá dañado la copia? Es perfectamente posible. Esas cosas suceden. Lo extraño es que se haya dañado justamente la copia de la parte que muestra a Ernesto Guevara afirmando en la ONU “Hemos fusilado y seguiremos fusilando”. Luego, cuando el fracaso de la guerrilla en Bolivia es inminente, le escasean las municiones, las provisiones y los hombres, llega a una aldea y salen unos campesinos a pedirle de favor que se vaya, que no les cree problemas. La respuesta del Che es que si quieren que se marche, deben darle provisiones para él y sus hombres. Así, el Guerrillero Heroico termina amenazando a aquellos por quienes decía haber ido a luchar en Bolivia.

Aquel fue el momento que más me impresionó en la película cuando la vi en el Yara, en 2009. Se había exhibido durante el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano en diciembre del 2008, y era un filme bastante esperado por el público cubano, debido a las entrevistas del director y los actores, transmitidas por la televisión, y a que muchos de esos actores nos resultaban muy conocidos, como el propio Benicio y Rodrigo Santoro. Además, algunos fragmentos mostraban la caracterización de Benicio del Toro como el Che y era un trabajo impresionante.

Pero mi mayor motivación, sobre todo para ver la segunda película, era ver a Dariel Alarcón, “Benigno”, sobreviviente de la guerrilla del Che, cuya biografía había leído en el libroMemorias de un soldado, y cuya decepción con la Revolución Cubana comenzó justamente mientras estaba en Bolivia.

En la cinta no se hace referencia a algo que cuenta Benigno en su libro: el Che esperaba un apoyo logístico de Cuba que nunca llegó. Tampoco se muestra al Che como el individuo autoritario y prepotente, como el asesino que fue para muchos. Más bien da la impresión de que el director solo quiso mostrar los hechos y el contexto, al hombre sin juzgarlo. Algunas personas con quienes conversé tras ver la película, describen al Che concebido por Soderbergh e interpretado por Benicio del Toro como muy edulcorado. No es, definitivamente, la visión de un detractor de Ernesto Guevara. Pero ni en esa visión pueden excluirse los fusilamientos que ordenó, y su forma de afirmarlo en la ONU, como si fuera Dios, con derecho a disponer de la vida de los otros.

Muchos aún justifican esos fusilamientos argumentando que los fusilados (¿todos?) eran asesinos, aunque de todas formas la imagen del Che afirmando sin pudor no solo que se había fusilado a personas sino que se seguiría haciendo, no suele aparecer en las pantallas televisivas cubanas. ¿Para qué?

¿Pero puede la dirección de nuestro país, que ha hecho de Ernesto Guevara un ícono, lidiar con la imagen de un Che capaz de plantear un ultimátum a campesinos indefensos? ¿No se tambalearía el pedestal que sostiene al ídolo si los cubanos, a quienes se ha inculcado y se continúa inculcando que debemos seguir ese ejemplo, nos sentáramos a pensar que el guerrillero no vaciló en amenazar a los desposeídos por quienes supuestamente fue a dar la vida (y que no se lo pidieron), en cuanto se vio perdido?

Quizás no pase nada. A fin de cuentas, “Seremos como el Che” es un lema que de tan manoseado pierde sentido cada día. Cada día, el Che es más útil para vender pulóveres, boinas y mochilas, que para la construcción del Hombre Nuevo. Al Hombre Nuevo le gusta el reguetón, la ropa y los zapatos de marca que cuestan un ojo de la cara, todo lo que venga del Yuma (y si puede ir a buscarlo mucho mejor); le gusta eso de “hacer más con menos”. Más dinero con menos trabajo. Y que conste, esos gustos no están reñidos con portar un tatuaje del Che en un hombro. El Che, definitivamente, vende. ¿No fue con su nombre que Suchel intentó lanzar un perfume?

Sí, quizás no pase nada, pero mejor no andar exhibiendo una película que lo haga vulnerable a críticas. Si la copia se dañó, bienvenido sea. Si algunos ya la vieron, habrá que confiar en que no hayan prestado demasiada atención a determinados fragmentos. Y si lo hicieron, no importa, el tiempo se encarga de poner las cosas medio borrosas, confusas. Es posible que en unos diez años, no podamos estar seguros de haber visto esa escena en que Ernesto Guevara responde a esos campesinos que le suplican marcharse, que no se va si no le dan provisiones para él y sus hombres.



Carmen Ramirez

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